Comedores populares, tan escasos como la comida

(Redacción A Todo Momento / El Estímulo) En la fachada de lo que fue el comedor popular Olga Luzardo, ubicado en la esquina de Crucecita en la avenida Fuerzas Armadas, en Caracas, unos portones sellados con bloques y una santamaría con candados indica que nadie ha entrado a comer allí desde hace mucho tiempo. La valla informativa, deteriorada por los grafitis y el polvo, señala la existencia de una remodelación: Adecuación del Centro Dietético Socialista en Centro de Cultura Alimentaria y nutricional con restaurante Venezuela Nutritiva. Así de rimbombante y prometedor es el nombre del nuevo espacio que se diseñó para el local, aunque todavía es conocido por sus vecinos simplemente como “el comedor”.

Desde marzo de 2014 el establecimiento no funciona. En ese momento comenzaron los trabajos de remozamiento. Estaba previsto que terminarían en seis meses, según indica el cartel. 14.311.165,51 bolívares desembolsó el Fondo Nacional para el Desarrollo Endógeno (Fonden) para que se ejecutara esta obra. Casi tres años después no hay obreros, ni movimiento que indique algún tipo trajín. Los mismos bloques que llegaron para iniciar las obras hoy condenan la entrada de un establecimiento vacío. “Eso lo quitaron hace tiempo, ya nadie come ahí”, cuenta una empleada de una tienda de ropa cercana. “Ese comedor lo clausuraron. A veces hay vigilantes cuidando pero no está funcionando desde hace años”, agrega un comerciante que vive en un edificio cercano a lo que fue el emblemático comedor popular de Crucecita que se dedicaba especialmente a la alimentación de personas de la tercera edad.

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Seis años antes de anunciar esta remodelación que quedó en veremos, el comedor dependiente del Instituto Nacional de Nutrición (INN) ya había sido transformado y reinaugurado como el Centro Dietético Socialista “Olga Luzardo”, el 6 de noviembre de 2008. El objetivo era que, además de servir el almuerzo diario, prestara servicios médicos y nutricionales para personas con patologías como diabetes, hipertensión y enfermedades del corazón.

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Marianella Herrera, nutricionista y miembro del Observatorio Venezolano de la Salud, observa que los comedores populares han existido como parte de una política de atención a una población vulnerable pero no como una alternativa a la crisis alimentaria que atraviesa el país. “Cuando haces política pública tienes que conocer el problema porque el abordaje erróneo puede ser muy costoso”, elucida y lo ejemplifica con las remodelaciones sucesivas que dejaron fuera de servicio un espacio que había funcionado durante 40 años: “Allí el problema quizá no era remodelar sino tomar previsiones para contar con los alimentos que surtían ese comedor. Probablemente la necesidad era distinta y se pudo resolver de otra manera”.

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En las oficinas administrativas del Instituto Nacional de Nutrición, ubicado en la avenida Baralt, no saben cuál será el futuro del “Centro Dietético…”. En el departamento encargado de los comedores del Área Metropolitana solo están autorizados a decir generalidades: que por ahora hay un solo comedor funcionando —el Felipe Yerelet de Catia—, que atiende entre 550 y 600 personas diarias, que desconocen el estatus de las reparaciones del comedor de la avenida Fuerzas Armadas, que no pueden dar más detalles sobre la distribución de la comida y que algunos de los comensales de la Fuerzas Armadas fueron reubicados: unos a Catia y otros a casas de alimentación.

—¿Han tenido problemas para conseguir la comida?
—No puedo responder eso. Solo puedo decir que la comida viene de Mercal — soltó una anónima desinteresada.

Una vez al día

Cerca de la entrada del comedor Felipe Yerelet, en pleno bulevar de Catia, dos señores guardan celosamente un pan que acaban de conseguir en la panadería socialista de la calle del frente. Dicen que almorzaron “una cosita” y que están guardando el pan para más tarde. Saben dónde está el comedor pero no son usuarios: “No es que la comida sea mala pero es que viene mucha gente y se ve que son unos viejitos que tienen más necesidad”.

Las instalaciones están en el piso superior de un edificio muy concurrido. Desde las siete de la mañana empieza la faena para servir el almuerzo al mediodía. Una única comida que aporta entre 30- 40% de las calorías diarias que requiere una persona de la tercera edad, según los cálculos del INN.

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Unas 600 personas comen a diario allí, el único dependiente de un organismo público que está en funcionamiento en Caracas. Algunos comensales aseguran que tuvieron que migrar hacia Catia cuando cerró el de la avenida Fuerzas Armadas. “Yo vivo por Cotiza pero vengo a comer porque la cosa se me ha puesto difícil y aquí me dan mi platico”, responde Dalia, de 71 años, quien luego del almuerzo se quedó merodeando por la plaza a ver si puede conseguir algo para la cena en casa. Vive con dos hijas y una nieta.

Dalia no puede ir todos los días a degustar una ración porque muchas veces se queda sin dinero para el pasaje y le cuesta llegar a Catia y devolverse. “Cuando puedo vengo, aunque me quede lejos porque sé que aquí voy a comer”. Los días que no va al comedor, muchas veces se salta el almuerzo y con lo que desayuna aguanta hasta la tarde y come algo si puede comprar plátano, yuca o “a veces consigo arroz y me como un poquito con mantequilla”.

En el comedor no hay menú diferenciado. El almuerzo que se sirve es igual para todos: puede ser una pasta con carne —un carbohidrato y una proteína— o una sopa o arroz y pollo. Un adulto mayor en buenas condiciones de salud debería tener un requerimiento nutricional diario de 2.300 kilocalorías, pero se trata de una población particular que por lo general sufre alguna afección de salud: desnutrición, problemas para masticar, hipertensión, diabetes, enfermedades cardíacas, hepáticas o alguna manifestación metal, como demencia senil; condiciones individuales en los que la dieta es fundamental.

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Para un adulto mayor la alimentación diferenciada es muy importante porque los requerimientos son distintos. “En otros países se está hablando de envejecimiento saludable pero es que aquí tenemos que empezar por salvar la vida de la gente ¿cómo vamos a hablar de envejecimiento saludable si no hay manera de cumplir con los requerimientos nutricionales de los venezolanos?”, se enfurece la nutricionista Marianella Herrera. Además, agrega que en situaciones de crisis alimentaria son los extremos de la vida los que tienden a deteriorarse más rápido: “La población más vulnerable son los niños y los viejitos. Hemos visto muchas iniciativas para atender niños y adolescentes pero menos programas para asistencia alimentaria a adultos mayores. Al final son iniciativas muy nobles pero individuales y desorganizadas que no resuelven la situación”.

El problema para la nutricionista no es la existencia o la disminución de comedores populares, sean privados o públicos, el asunto es que la gente no tiene comida en su casa: “El deber ser no es ir a un comedor popular sino que la gente pueda comer en su casa. Lo normal sería que una familia pueda comprar su propia comida y alimentarse según sus necesidades o sus condiciones de salud”.

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Ese plato de comida que recibe Dalia y las 600 personas que acuden al comedor Felipe Yerelet se ha convertido en un único bocado para muchos. Y la demanda aumenta. “Hay gente que se queja y dice que la comida es poquita pero por lo menos le meto algo al estómago, mala es el hambre”, dice Dalia. “Así que ojalá no lo cierren como el otro”. Súplica que no escucha ni dios ni Chávez.

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