La bruja (cuento)

(Redacción A Todo Momento – Brian Segura)

  El día estaba oscuro. Una luz pálida se filtraba por la ventana del pequeño salón mientras que la maestra Caroline seguía charlando sobre literatura griega. Al diablo con los griegos. A través del cristal sólo se veía el muro de piedra gris que delimitaba el patio del Colegio Federal y, más allá, los grandes árboles desnudos, huesudos, azotados por el viento frío del invierno. Ningún estudiante merodeaba por el jardín en aquellas horas.

Anette ya casi había olvidado el pequeño incidente ocurrido en el comedor, de hecho ya estaba habituada a ese tipo de eventos en su vida. Se hallaba frente a una mesa solitaria, se disponía a sentarse y en ese momento oyó una voz dulce, de mujer, que le susurró en el oído:

<<Maldita desgraciada>>

Su única amiga, Jean Marie, le preguntó qué le ocurría, Anette aseguró que nada, que estaba bien aquel sitio para sentarse. La sensación de estupor no la abandonó durante largo rato. Ahora ella estaba sentada junto a la ventana, en el último asiento de la fila, con la mirada perdida en el paisaje. Los días nublados eran perfectos y hoy era ese día que él le había dicho que la vería nuevamente, y lo deseaba, realmente lo deseaba con toda la fuerza de su corazón. Seguramente él haría que se sintiera mejor, un poco menos desgraciada tal vez, aunque sabía que era normal, todas las brujas jóvenes pasan por situaciones escabrosas antes de habituarse a su mundo paranormal. Era lógico que a sus veinte años aun le quedara muchas cosas por vivir, eso se lo había asegurado su madre.

A Anette le intrigaba mucho la historia de su familia, que estaba llena de secretos, rituales, orgias, círculos de sal, altares y velas negras. De pequeña solía jugar sola pues sus otros primos, casi de su misma edad, parecían no percibir el mundo invisible que ella veía con facilidad. En el cumpleaños número diez del primo Christian tuvo por primera vez la certeza de que aquello sería su vida: había visto una sombra detrás de las cortinas de la sala, en el gran salón de fiesta, y al acercarse vio una mujer alta, pálida, con un vestido de corte sirena uniforme, de color perla. La había visto fijamente a sus ojos negros, completamente inexpresivos, justo en el instante en que esta la tomó por el brazo.

– Su sombra es el camino – le había dicho la mujer, al tiempo que la tía Margarita entraba al salón y observaba con una sonrisa radiante a la pequeña, parada frente a la cortina. Sola.

La calle estaba desnuda, sin tráfico. Todos los estudiantes se habían marchado a sus casas, enfilando hacía la avenida. Anette se detuvo un instante para observar el cielo. Una brisa gélida batió por un momento su espeso cabello negro. Ya era hora de encontrarse con él y se alegró que Jean Marie no estuviese. Mejor así.

No le importaba estar sola. Se había habituado a ese estado de comodidad con ella misma cuando se percató que su comportamiento podría ser extraño para quienes no entendieran su mundo. Su madre le había advertido siempre que ella tenía un don especial, que no era como cualquier chica del vecindario. Desde su cumpleaños número trece, cuando la tía Margarita le había regalado un libro negro, de cuero y pergamino, escrito con tinta vegetal, había entendido que era una bruja. Que el diablo cuidaba de ella. Casi nunca abría el libro, pero cuando lo hacía se sentía atrapada por una fuerza que la trascendía. Que la envolvía suavemente y la hacía sentirse segura y fuerte.

Enfiló hacia la avenida, desviándose del tráfico y el gentío que a esas horas circulaban por allí. Atravesó la Avenida St. Anne y tomó el callejón por donde llegaba a la librería Municipal, justo detrás de la plaza San Peter. Unos cuantos niños jugueteaban con las aves de la fuente. Luego tomó el camino más corto, un callejón oscuro y húmedo que flanqueaba varias residencias lujosas. Las grandes casas le recordaron la suya puesto que su familia siempre gozó de buen estatus social y económico, el diablo había bendecido a sus amadas brujas con una fortuna sólida y vasta, la suficiente para sobrevivir durante varios siglos sin necesidad de invertir en negocios.

El diablo las había bendecido, sin duda. Pero ¿cómo puede un ser de semejante magnitud bendecir la existencia de unas pobres mujeres? En su familia siempre ocurrían desgracias a los padres de familia, y un día su abuela, la Gran Tata, le había explicado que el diablo era receloso con ellas, que los hombres sólo llegaban a sus vidas para procrear, engendrar la semilla de él y luego siempre sufrían algún destino trágico. El diablo las quería sólo para él. Anette nunca creyó tales cuentos, seguramente producto de una vejez senil y accidentada como la de la abuela Tata, pero ahora, mientras caminaba hacía el parque municipal, tenía la plena convicción de que no eran fantasías. Eran brujas auténticas.

Maldita desgraciada. El eco de las palabras seguía allí presente, detrás de su sombra, marcada a fuego en la memoria.

Al llegar a la entrada del parque tomó por la derecha, dónde habían dispuesto varios bancos de cemento dónde las parejas solían esconderse. Casi nadie circulaba a esas horas por aquel sitio y le pareció perfecto, así nadie interrumpiría su reunión. Su tercera reunión con él luego de varios de meses. La primera vez que lo vio no pudo articular palabra. Estaba completamente impresionada.

Fue en su cumpleaños número diecinueve. Aquel día no lo olvidaría nunca. Luego de haber celebrado una pequeña reunión con sus tres únicos amigos, incluyendo a Jean Marie, Anette les avisó que saldría con su madre y sus tías, que lamentaba no poder seguir con la reunión. A las once de la noche, cuando la visita ya se había marchado de casa, habían llegado sus dos tías, Margarita y Angélica, la que venía del norte, ambas con frutos rojos y vino. Su madre, alta y blanca, con su hermosa cabellera gris que le rozaba casi el final de la espalda, yacía de pie en el porche de la inmensa casa de estilo colonial, recibiéndolas afectuosamente. La Gran Tata estaba un poco adormilada y Anette pensó que ya la pobre estaba muy vieja para esos trotes, pero se equivocaba, la Gran Tata era una de las brujas más poderosas de su generación.

Su leyenda como bruja se extendió por todo el país cuando un sobreviviente de la Gran Guerra aseguró haberla reconocido un día, ya muy lejano, estando en el campo de batalla en una tierra baldía de Europa. La Gran Tata, que para ese entonces contaba sólo con veinticinco años, había invocado a un ejército de sombras que repelieron a las tropas aliadas. El pobre hombre la reconoció luego de muchos años, en el mercado municipal, ya estaba sumamente viejo, por lo que Gran Tata no tuvo problemas para matarlo. Lo miró fijamente, con su mirada bondadosa, y luego el viejo se desplomó enseguida, había muerto en el acto. Su madre le había explicado que la edad de la abuela no era importante, que emigró muy joven a Suramérica y que su esposo, un brujo igual que ella, le había colmado la vida de paz y tranquilidad. Esa era su abuela, una bruja poderosa que ahora estaba enjuta y arrugada, sentada en una silla de ruedas medio adormilada, esperando que alguna de sus hijas la llevara hasta el claro del bosque.

A llegar estaba todo listo. Un pequeño altar de calaveras viejas y sucias, tres dagas, cinco copas y una cornucopia, todo de oro, donde depositaron las frutas y el vino. Un libro grande, grueso, igual de viejo que las calaveras, descansaba sobre un buró de madera de roble pulido. Fue una velada llena de música y magia. Bailaron y cantaron hasta que el viento sopló con fuerza y los árboles se agitaron en sus cimientos. Todas estaban alegres y arreboladas por el efecto embriagador del vino. La luna, pálida y silenciosa, las miraba.

Fue en este momento cuando lo vio.

Era hermoso. Quizás el hombre más hermoso que jamás haya visto en su vida. Estaba sentado en posición de indio, vestido de un blanco inmaculado, y sonreía mientras aplaudía al ritmo de las canciones que todas entonaban. Anette se quedó inmóvil, observando su cabello corto y negro, perfectamente peinado al mejor estilo de Clark Gable. Estaba descalzo y ella pudo ver que sus pies eran grandes. Hermosos como todo en él.

Su madre la tomó del hombro mientras le hacía un gesto de que se acercara a él, le dijo que no tenía nada que temer, que él la amaba, igual que siempre amó a todas las mujeres de su familia durante muchos años. La Gran Tata observaba orgullosa, junto a sus otras dos hijas, como Anette caminaba lentamente hacia dónde estaba él. Alzó la mano, temerosa, a medida que se acercaba, y él tomó sus dedos delgados y los llevó hasta su rostro sensual. Unos increíbles ojos grises desprendían una virilidad y sensualidad que Anette nunca había sentido en su vida. Una tenue llama de calor se encendió en su interior, fue entonces cuando supo que él estaba esperándola, que él deseaba tenerla.

– Mi niña – había dicho él, tenía una voz profunda, potente, autoritaria – mi hermosa niña, al fin puedo reunirme contigo. Ven, deja que te ame. Entrégate a mí – él la acercó hacía su cuello y le susurró al oído – Porque te amo y te daré todo lo que desees. Te cuidaré.

Su mano, grande y áspera, blanca como la leche, levantó el pequeño camisón que tenía Anette y sintió el tacto de su piel suave, una piel de durazno cálida, que le fue acariciando cada parte de su cuerpo y ella sintió entonces una luz abrasadora, poderosa, que le hizo humedecer todo dentro de ella. Su corazón joven le gritó que sí, que se entregara, que ese era el verdadero amor de su vida.

Él la tomó y la beso con fuerza, desnudándola, frente a su madre, sus tías y su abuela, que cantaban y bailaban alrededor de ellos mientras Anette se extendía en el suelo lleno de hojas secas. Su ser entero quedó a merced de su príncipe y este la tomó con más fuerza, con más pasión, como aquel depredador hambriento que da caza, por fin, a su presa. Retozaron durante quién sabe cuántas horas, mientras Anette se dejaba llevar y sentía su espíritu elevarse, liberarse de las ataduras mortales, mientras su madre y su tía seguían bailando, cantando, celebrando la llegada de él, celebrando el amor infinito que este les profesaba. El viento siguió soplando con fuerza y las velas ardieron hasta consumarse.

Cuando amaneció yacía en su cama. Mientras la luz de la mañana se filtraba por la ventana Anette creyó que todo lo vivido era un sueño, pero no fue así. Entre sus piernas aún quedaba retazos de esa pasión que le abrió las puertas al mundo donde pertenecía, al mundo de las brujas. Un pequeño recuerdo se filtró a su mente, era él llamándola, diciéndole que pronto volverían a estar juntos. Y así fue luego de varios meses.

Mientras caminaba hacía las profundidades del parque no pudo evitar sentir un ligero tirón de emoción, de miedo, de excitación. Una lujuria salvaje y atronadora le hizo estremecer cada célula del cuerpo. Apretó los puños en un intento de contener las ganas de salir corriendo y desnudarse ante él pero, ¿y si no estaba? ¿y si no era hoy? Imposible, él le había susurrado al oído que era ese día, que fuera a su encuentro, que la extrañaba tanto… el cielo seguía encapotado de gris y las nubes se habían tragado todo rastro de sol. La luz era pálida y metálica, como un manto frío y melancólico que enmudecía todo rastro de vida, de alegría. Había llegado a un pequeño claro, alejada completamente de la vista de cualquier curioso o aventurero que decidiera merodear por el lugar. No había ningún alma, aparte de la suya, en todo aquel inmenso bosque.

El sonido lejano de unas aves llegó hasta ella y los árboles se mecieron por una brisa fría que le dio de golpe en la cara. No había nadie. Él no estaba. Pero mientras contemplaba el bosque, divisó más allá, en las sombras de un inmenso roble, la silueta de un hombre alto y corpulento. La sombra la observaba fijamente y ella pudo divisar solo unos grises hermosos y brillantes, como un par de diamantes refulgiendo en medio de la noche. Ella corrió hacía él y entonces la luz del día le reveló a su hombre, vestido de blanco, descalzo, varonil y encantador. Anette corrió llena de euforia y se lanzó a sus brazos mientras su príncipe la tomaba de la cintura y la besaba.

– – Mi niña hermosa – le dijo al oído, en un susurro – mi amada Anette, has venido.

– – He venido ti, mi amor – le dijo esta mientras lo besaba – siempre vendré a ti.

Cuando él la depositó en el suelo Anette creyó oír voces de mujeres cantando, y una melodía dulce e hipnótica se apoderó del ambiente, o quizá de su mente. Las ramas de los arboles comenzaron a agitarse con fuerza y cientos de hojas secas danzaban por los aires. El viento era frío pero Anette, ya desnuda y abierta ante él, sentía sólo el fuego de la lujuria.

Y se amaron, la bruja y el diablo, en medio del bosque, mientras cientos de aves caían muertas alrededor de sus cuerpos desnudos y la luz del día se iba atenuando más y más, hasta que todo quedó sumido en una espesa tiniebla.

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