Saltimbanqui | Por Armando Martini

Caricatura de Fernando Pinilla

(A Todo Momento) Saltimbanqui | Por Armando Martini

Que viene del italiano saltimbanco –o su plural saltimbancini–, saltarines, saltones, o jumpers en inglés, y que en política venezolana se suele traducir como “saltatalanqueras”, o podría decirse, para que sonara más universal, como “saltabardas”.

El saltatalanquerismo es vieja costumbre criolla. Más frecuente suele observarse cada cinco años, cuando en tiempos pasados de la democracia se cambiaba de presidente y entornos, o a lo largo de la historia desde pocos años antes de la muerte del Libertador hasta estos tiempos de ignominia revolucionaria, cuando se producen cambios de altos jefes y ministros.

Malandros de alto octanaje, con prontuario inmenso, que se venden al mejor postor, tan sinvergüenzas que cobran en ambos lados. Tan desfachatados que venden a su madre sin remordimiento por unas cuantas monedas.

Los ejemplos sobran y sin nombrarlos sabemos quiénes han saltado talanqueras, y presumimos –algunos se sienten profetas y hacen crípticos anuncios– quienes podrían saltar o tienen tentaciones de hacerlo en estos tiempos revueltos y finales, particularmente ahora cuando un régimen se derrumba, empeñado en sus desmoronamientos, y surge un nuevo líder popular. Creer y confiar en ciertos saltatalanqueras, es por decir lo menos una insensata locura. Son tan mentirosos que ni siquiera cuando rezan el Padre Nuestro, catecismo en mano, Biblia y rosario de rodillas en la iglesia, capaces de confesarse y persignarse, son confiables.

Pero no ha sido en ese sector únicamente. Ya es conseja vieja el estremecimiento y saltos de quienes fueron en unos tiempos dirigentes del chavismo, a quienes un cáncer inesperado, y consejo cubano en mala hora aceptado, hicieron elevarse al tope a quien la gran mayoría no esperaba, ni siquiera imaginaba.

Tal vez haya sido el feroz carcinoma mal curado, la devastación de la quimioterapia –que en Cuba debe ser dolorosa, química y muy anticuada–, quizás, la depresión que la certeza de la muerte suele producir. La pérdida –o, por el contrario, un apagón definitivo de la iluminación– del para entonces ya ancianísimo Fidel Castro y le aconsejó mal al ya moribundo Chávez sobre el sucesor.

O, como afirman algunos deslenguados que nunca faltan, fue idea del también anciano, pero siempre mefistofélico hermano menor, Raúl, quien habría pensado en que “mejor quien me obedezca que otro con ideas propias de vez en cuando”. Porque, al comandante ahora fallecido y enterrado bajo una pesada roca por si acaso, resurrecciones, andaba deslumbrado por la verborrea del para entonces decrépito revolucionario, pero también medio gallito y en una de Esas podría actuar por su cuenta. Se preguntan algunos melancólicos, sin disculpar a Chávez que empezó todo este desastre y fortificó sus bases militares, si a estas alturas ¿no hubiese hecho ajustes políticos?

Un hecho cierto es que, tras el cambio al presidente heredero, empezaron a brotar como maleza, chavistas autodenominados “disidentes” y “originarios”, que se cuidan de aclarar siempre y con orgullo, ser revolucionarios y chavistas, pero no significa que sean maduristas y castrodependientes, que es cosa diferente.

En la oposición se observa con preocupación a unos cuantos que saltan ágilmente talanqueras con notable habilidad, y es de prever nuevos saltos en cuanto terminen de convencerse de que este ingeniero vargüense, no solo dejó atrás a los líderes de vetusta permanencia –aunque a veces se contradice y delata, con fotos y actos inconvenientes– sino también a quienes ya habían saltado veinte años atrás. Solo que en la oposición eso no se llama “salto de talanquera” sino más elegante y sociológicamente “salto generacional”. O más exacto, triple salto no necesariamente mortal. Y Guaidó, está en la obligación moral y ética, con seriedad, decencia, y buenas costumbres, filtrar este tipo de individuos, pillos, bandidos, cooperantes, colaboradores y oportunistas aprovechados, que más que sumar restan, porque dejándolos participar volverán a traicionar. “Quien traiciona una vez lo hace dos veces”, reza el refranero popular.

Grupos cómplices minoritarios opositores que hoy pretenden repartirse el botín, bolichicos y sinvergüenzas boliburgeses, incorporando a quienes fueron y son culpables directos o indirectos de este deshonor e ignominia, por autosuficiencia, ignorancia, desprecio, ambición, protagonismo y falta de cultura política, desprecian un capital político que ni Chávez pudo concitar. ¡La venezolanidad!

El Nacional

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