¿Quién será “el Tío” venezolano?

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(Nota de Opinión) Por: Armando Martini Pietri A propósito de un comentario que se atribuye a Diosdado Cabello, sobre que si el vapuleado Presidente Maduro renunciara en enero de 2017, se desataría un rápido y desvergonzado proceso de tres pasos: el Vicepresidente asumiría la Presidencia para culminar el periodo de acuerdo a la Constitución; días más tarde nombraría a Maduro como Vicepresidente -burla autorizada por la Constitución- y en fecha posterior el nuevo Presidente colocaría su renuncia al cargo con lo cual Maduro volvería de nuevo a la Presidencia. ¿Será posible semejante estulticia? Sin duda una impudicia y una desfachatez. Un choreo a la voluntad popular.

Cuidado, compañeros, camaradas, conciudadanos y demás, que la historia tiene sucesos similares y coincidencias preocupantes, como un alarmante episodio a principios de los años 70 en Argentina.

¿Se acuerdan de Isabelita?

No la actriz rubia nacida en Los Toldos, Junín, que deslumbró a toda Argentina, aquella Eva que, rodeada por los mimos de su esposo, Presidente, la llenaba de joyas y pieles, socorrió masivamente a los que llamó “descamisados”, los necesitados, desamparados, los más pobres, y creó la emoción, más que ideología, que es el peronismo. Murió de un cáncer indomable, cruel, en aroma de santidad popular, no vaticana sino tanguera. María Eva Duarte de Perón, más conocida como Eva Perón o Evita.

También artista, pero del baile, vio luz en ciudad de La Rioja. María Estela Martínez, conocida popularmente como Isabelita o Isabel Perón, fue su segunda cónyuge. Algunos dicen que en Panamá, otros que en el Pasapoga de Caracas, sedujo al longevo general y lo acompañó en su exilio; cómodo y placentero, en España. Años después quienes lo derrocaron cayeron, y regresó envuelto en multitudes. Con Isabelita, ya señora de Perón, no bailaba en pequeños espacios. Venia al gran escenario de la Casa Rosada.

No se puede gobernar para siempre, y a Juan Domingo Perón el tiempo legal se le agotó, pero no el deleite por el poder. Quiso que los peronistas eligieran a Isabel como candidata. Le falló la percepción política, los mandos del Partido Justicialista, entendían que era la desposada de su ídolo, pero no era Evita, ni jamás lo sería. Isabelita no fue aceptada, y Perón, refunfuñando, tuvo que aceptar, se fue amargado, pero nunca vencido.

Así apareció Héctor José Cámpora -nada que ver con “la cámpora” kirchnerista de Néstor y Cristina-. Odontólogo, de tradición en el peronismo con la cualidad fundamental de ser fanático leal y obediente al general; “el Tío” –como también se le conocía-. Fue propuesto candidato de la coalición Frente Justicialista de Liberación, cuyo principal componente era el partido acaudillado por Perón, y triunfó en las elecciones de marzo 1973. La percepción de la nación fue que el verdadero poder lo tenía Perón. La propaganda política era “Cámpora al gobierno, Perón al poder”, para que todos estuvieran claros.

“El Tío” sabía lo que tenía que ser y hacer: ejerció la presidencia por 49 días. En junio de 1973 Perón había regresado al país, oportunidad en la cual se produjo la “masacre de Ezeiza”, un enfrentamiento violento entre bandos partidarios de derecha e izquierda, que se disputaban el poder en el seno del propio peronismo. Poco después Cámpora y el vicepresidente Solano Lima renunciaron a solicitud del mismísimo general, para permitir nuevas elecciones.

El anciano caudillo, concebido y parido en ciudad Lobos, fue elegido como candidato a Presidente y dispuso que Isabelita lo acompañara en la Vicepresidencia. Cargo de especial trascendencia pues se sabía que Perón, a poco de cumplir 78 años, había sufrido serios problemas de salud. En septiembre 1973, venció la fórmula Perón-Perón obteniendo 62% de los votos. Ordenadamente el caudillo falleció el 1 de julio 1974, y la dolida viuda, asumió la Presidencia ese mismo día.

Así de simple y sin necesidad de revocatorio.

El problema vino después. Hábil para representar a su marido en gestiones diplomáticas, como Presidente María Estela Perón fue incapaz de afrontar la compleja atmósfera de conflictividad política y crisis económica que atravesaba el país. Tras exasperar por meses a los argentinos, fue derrocada en marzo 1976. La incompetencia de la heredera dio origen a la dictadura autodenominada “Proceso de Reorganización Nacional” que, además de poner al país bajo férrea bota militar, mantuvo detenida a la viuda ex-presidenta.

Isabelita había hecho una de las peores presidencias, brujos incluidos, en un país cuya historia, como la de Venezuela, está plagada de malos gobernantes. Tan mala y desastrosa su gestión que años después multitudes argentinas festejaron la caída de quien nada aprendió al lado de su marido a lo largo de los años.

Los manejos tramposos encabezados por Cámpora sólo llevaron a la Argentina a un desastre político, social y a la hecatombe económica. Los militares se dedicaron a poner orden con su estilo castrense; a golpes, con represión, torturas, desaparecidos, muertos, recién nacidos arrancados a los presos y entregados a otras familias cómplices, férreo control de los medios de comunicación, persecución, encarcelamiento e incluso asesinato de editores y periodistas. Todo eso, y varios generales presidentes después, hasta el desastre final, la invasión de las islas Malvinas, reclamadas siempre por Argentina y en poder de Gran Bretaña.

Una guerra breve y desesperada que mostró el heroísmo extremo de soldados, marinos y pilotos, llevados a la muerte y al sacrificio inútiles por la torpeza del alto mando militar, a cuyos integrantes nunca se les ocurrió que la Primera Ministra inglesa, Margaret Thatcher, respondería como respondió, no pensaron los pomposos cargados de medallas que el Reino Unido era una gran potencia, con una líder democráticamente electa que no por casualidad era apodada “la Dama de Hierro”.

La guerra de Malvinas -Falkland Islands, decían los ingleses- colmó la nación de héroes vivos, inválidos y muertos, aumentó el desastre económico y sólo dio a quienes la inventaron unos días de efervescencia popular, y la sangre y sacrificios de un puñado que cumplió combatiendo, aun al corriente de que el asalto era un alarde de locura; y cuando los ciudadanos comprendieron la cruel mentira, los militares se desplomaron y la democracia regresó.

Muy diferente posiblemente hubiera sido la historia de los últimos 40 años, si Héctor Cámpora no se hubiese prestado al engaño para complacer a Perón y llevar a la Presidencia a una incompetente, cuyo único mérito fue ser esposa del cabecilla sureño.

Una lección que deberíamos aprender y analizar los venezolanos, que tánto nos parecemos a las masas argentinas en la facilidad con la cual nos dejamos engañar por líderes hábiles sólo en la oratoria y el espíritu represor, pero con fracasos muy costosos en el ejercicio del gobierno. A los venezolanos nos sucedió, error que seguimos pagando y sufriendo en 2016, cuando una mayoría votó por un fantasioso que cerró su vida años después, nombrando antes de morir a un heredero peor que él. Hoy Chávez va siendo olvidado y Maduro reprobado por más del 80% de sus compatriotas bajo su creciente torpeza e impericia.

Nunca se debe ir contra la voluntad popular, pero mucho menos manipularla, engañarla o tratar de burlarla como en mal momento hicieran los argentinos y que ahora pretenden algunos hacer en Venezuela con los venezolanos. Mírense en ese espejo, no seamos tontos, aprendamos de la experiencia, no cometamos los mismos errores; el destino no se evade pues siempre nos alcanzará. Sin embargo también da oportunidades.

No permitamos que nos trampeen el destino. Cuidado nos meten tío por liebre

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