Ramón Hernández | La noche de los fierros retorcidos

El Paraíso una vez fue casi lo que indica su nombre, tanto como Caracas la sucursal del cielo. Era un fabuloso microclima que ofrecía, además, una tarde maravillosa y singular en el parque zoológico El Pinar. Se podía caminar a lo largo de la avenida Páez bajo la sombra de jabillos, bucares, caobos y hasta de algún samán extraviado. Árboles frondosos, amigables con aceras y paseantes.

Quizás al juntarse el boom petrolero, el rápido enriquecimiento y la desidia de las autoridades municipales el efecto destructor se fortaleció y generaron un infiernito urbano: servicios deficientes, desastre urbanístico y caos en el tránsito, además de las deficiencias que se comparten con el resto de la ciudad, como la inseguridad, y la inflación indetenible.

En donde una vez hubo grandes mansiones y gratos jardines levantaron enormes torres, complejos habitacionales y centros comerciales, que multiplicaron el tránsito automotor en las calles y avenida de siempre. Ni siquiera reprogramaron el tiempo de los semáforos. Los ricos se fueron casi todos huyendo del desastre y fueron sustituidos por una naciente clase media, con progresivas aspiraciones. Hasta ahí.

Frustrados porque la realidad diaria imposibilitaba sus sueños y lo que habían supuesto la tierra prometida se les escapaba como el tiempo en los congestionamientos de tránsito y los abusos en lo que se convirtió la plaza Madariaga como estacionamiento a la brava de los futuros abogados que se formaban en la Universidad Santa María, creyeron en los pajaritos preñados que les pintaron los golpistas que les anunciaban un cambio de paradigma y la refundación de la república. No me jodas.

Han pasado 18 años y no hubo nada de lo prometido. Destruyeron el aparato productivo, privatizaron Pdvsa para ellos, remataron los bonos, saquearon las bóvedas del BCV y se entregaron con armas y bagajes a los cubanos sin resistencia y sin haber firmado siquiera un vergonzoso armisticio como el que le sirvió a Fernando VII para ceder a Napoleón el reino de España. Ahora cuando las víctimas apenas comienzan a echar mano del muy venezolano derecho al pataleo, a sonar las ollas vacías y maldecirlos desde el balcón, la nueva Gestapo los persigue hasta debajo de la cama, los roba, destruye las propiedades de la comunidad y les mata las mascotas al primer ladrido. Cambió el paradigma. Destaparon el infierno.

Completado el desastre con niños que mueren de hambre, jóvenes asesinados por ejercer su derecho de protestar, mayores que mueren en los hospitales por falta de antidiarreicos, ancianos que fallecen por todo lo anterior, el gobierno anuncia una constituyente para profundizar la revolución: tierra arrasada. Vendo escapulario.

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