¿Expropiarán las empresas de Lorenzo Mendoza? | Por Javier Vivas Santana

(A Todo Momento) — ¿Expropiarán las empresas de Lorenzo Mendoza? | Por Javier Vivas Santana

El precio de la fuerza de trabajo llega al minimum cuando se reduce al valor de los medios de subsistencia que no podrían disminuirse sin exponer la vida del trabajador. En este caso, el trabajador no hace más que vegetar.

Carlos Marx

Preguntarle a un madurista si alguna vez ha leído el epígrafe de este artículo para relacionarlo con la crisis que viven los trabajadores en Venezuela, casi que de seguro cualquiera de ellos respondería que la sentencia de vegetar, aplicada por Marx en El Capital, jamás podría vincularse a un gobierno que se autodenomine “revolucionario”, “socialista”, “comunista” o “comunal”, porque estos son anticapitalistas y, por ende, “no explotarían al pueblo”.

Esa ha sido una de las tragedias del marxismo cuando los (neo)totalitaristas han construido a partir de sus ansias de perpetuarse en el poder, cualquier blasfemia política o económica ante lo que haya planteado el genio alemán.

De hecho, cuando Marx comienza a escribir sobre las ideas socialistas, previamente Lorenz von Stein había publicado su obra Socialismo y comunismo en la Francia moderna en la cual se planteaban las injusticias y desequilibrios sociales de la época, espacios históricos que todavía subyacen en casi todo el mundo, y donde Venezuela es probablemente en la contemporaneidad, el más fiel reflejo de una máquina para empobrecer y ver morir a los seres humanos, tanto por hambre como por enfermedades.

El madurismo se ha convertido en el perverso apocalipsis de una génesis de expropiaciones que comenzaron en tiempos de Hugo Chávez. Así, tenemos que diversas empresas que fueron “nacionalizadas” en el área de procesamiento y producción de alimentos (azúcar, café, arroz, maíz, aceite vegetal, entre otras)…

Así como el monopolio que configuró el gobierno con las cementeras, la importación y venta de productos e insumos agrícolas (Agropatria, anterior Agroisleña), y hasta de transporte marítimo, como el caso de Consolidada de Ferrys (Conferry), revelan cómo este conjunto de propiedades capitalistas se convirtieron, por entera y única responsabilidad del madurismo, en compañías y firmas –si aún se les puede asignar el nombre– quebradas y sin capacidad de producción, condiciones que fueron hasta reconocidas por Nicolás Maduro en el propio “congreso” del partido oficialista al decir que “70 empresas del Estado estaban en rojo”¹.

Lo más grave de esta quiebra de empresas es que, además de liquidar la producción de alimentos en áreas fundamentales para la población, o dejar prácticamente incomunicado al estado Nueva Esparta con tierra firme al convertir en chatarra marítima todas sus embarcaciones, es que las empresas que eran de por sí propiedad del Estado –con todas las críticas que podían hacerse sobre su funcionamiento.

Como el caso de las hidrológicas, Corporación Eléctrica Nacional (Corpoelec), Compañía Anónima Nacional de Teléfonos de Venezuela (Cantv), Siderúrgica del Orinoco (Sidor), Metro de Caracas y Petróleos de Venezuela (Pdvsa) hoy son industrias que solo generan bazofia burocrática al país, porque todas, absolutamente todas generan pérdidas económicas, cuyo financiamiento improductivo tenemos que pagarlo como pueblo con una terrible hiperinflación, generada por el gobierno con la multiplicación de una masa monetaria que solo puede compararse con un tornado que arrasa y destruye lo que encuentra a su paso.

Por supuesto que en ese grupo de destrucción productiva que ha logrado el madurismo en contra de Venezuela hay que sumar el aniquilamiento de la educación y la salud. Nuestras escuelas, liceos y universidades se han convertido en espacios abandonados y lúgubres, mientras que los hospitales o centros asistenciales son una especie de entrada funeraria para quienes asistan hasta esos sitios motivados por condiciones físicas, biológicas o neurológicas.

¡Claro! Aún la destrucción del país no es total porque todavía quedan algunas industrias que sostienen con muchas dificultades lo poco que se produce en Venezuela, siendo una de ellas Empresas Polar, a la que el gobierno y los maduristas más fanáticos y enfermos en su prosopagnosia política culpan de la hiperinflación que azota nuestra economía. Y si eso es así, ¿por qué el madurismo no termina por expropiar las empresas que pertenecen a Lorenzo Mendoza?

Si tan fácil es desmontar la “guerra económica” y acabar con el aumento de precios que serían culpa de tan maquiavélico individuo, pues estaríamos en presencia de un gobierno tan pendejo que teniendo en sus manos –como lo hizo con otras industrias y compañías– la fórmula casi mágica para regresar hasta la senda del desarrollo y crecimiento económico, pues solo habría dos razones para no decretar la expropiación de Empresas Polar.

La primera es que al gobierno no le conviene expropiar tal industria porque mientras esta siga en manos de sus genuinos propietarios, el madurismo siempre tendrá una excusa para achacar la hiperinflación a terceros. La segunda, que al ser mentira tal versión –culpar a Lorenzo Mendoza de los aumentos de precios–, jamás el madurismo expropiaría esta empresa, porque intuye que así como ha quebrado todas las propiedades estatales –incluidas las expropiadas– semejante empresa correría la misma suerte y con ello se aceleraría la hambruna en el país y, por ende, una acción de ese tipo terminaría por revertirse hasta contra su propia supervivencia política.

En conclusión, el madurismo no tiene ni los testículos y menos las agallas para expropiarle a Lorenzo Mendoza sus empresas y capitales en Venezuela, porque al final de llevar a cabo una historia con tales características, no solamente tendría que aplicarse una especie de autosodomía política en su propia cúpula del poder, sino que también sería el fin de sus mentiras en la ejecución de su “guerra económica”.

Ni siquiera invocando a Marx, el madurismo tiene herramientas para poder expropiar a la única empresa que aún permite a los venezolanos subsistir en el medio de la barbarie social.

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