“El Estado soy yo” | Por Carlos E Aguilera

(A Todo Momento – El Nacional) — Según los historiadores, la afirmación “El Estado soy yo” fue pronunciada por el rey Luis XIV al ver el desacuerdo que la corte en París tenía frente a la aprobación de los edictos presentados por el monarca. La frase indica lo absurdo que veía Luis XIV la discusión, ya que esperaba que todas sus propuestas fuesen aceptadas sin cuestionamientos.

A pesar de no haber certeza de que la frase fuese realmente expresada por Luis XIV, la atribución de este argumento refleja la esencia del apogeo del absolutismo que representaba. La frase “El Estado soy yo” resume la concepción del derecho divino de gobernar que el rey o monarca tenía de nacimiento; transmitido por herencia, lo que lo situaba por encima de la ley.

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Luis XIV, conocido también como “el Rey Sol”; representa el auge del período histórico conocido como absolutismo monárquico, que se caracterizó por la concentración de todo el poder en el monarca o gobernante; desde los inicios del siglo XVII hasta finales del siglo XVIII, culminando con la Revolución francesa del año 1789.

La frase pronunciada por el monarca Luis XIV refleja el absolutismo monárquico que establece el período histórico con el cual surge con el nacimiento de la Ilustración en el mismo período. Debido a que albergaba todos los poderes en su persona, apoyado asimismo por el clero, también encarnó el papel de mecenas de las artes, incentivando el desarrollo intelectual y artístico para las clases nobles.

La Ilustración trajo para el siglo XVIII la idea de que privara la razón y que el hombre fuera dueño de su destino histórico. Como consecuencia de este movimiento creciente nace como fase posterior al absolutismo, régimen político conocido como despotismo ilustrado que transforma el lema “El Estado soy yo” por “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, que refleja la conciencia de los gobernantes como un padre protector de sus súbditos hijos sin sacrificar la autocracia o poder absoluto.

Enfocamos el tema para reflejar en el presente artículo las características similares que exhibe Nicolás Maduro para demostrar que dispone de todos los poderes, los cuales groseramente tiene secuestrados. En pocas palabras, quiere demostrar a toda costa que “el Estado soy yo” y no tiene empacho para, en sus jergas discursivas, enfatizar: “Yo ordené”…“Yo quiero”…“Yo pedí”, etc, etc.

Roa Bastos, autor de la novela Yo el supremo (1974), con imaginación literaria caracterizó en su obra el perfil y accionar de dictadores y gobernantes que se apropian de todos los poderes. De los que se creen dioses, única ley, palabra y razón, por lo que son la antípoda de democracia; ciudadanía y convivencia social. En su obra describe cómo los déspotas, autócratas y dueños del poder total, son quienes hacen la ley y deciden en los tribunales de justicia, como ocurre con el caso venezolano.

El hijo putativo de Chávez, heredero de la corona quien se cree un emperador, que de paso no puede ser comparado con Luis XIV que sí era monarca, además absolutista por naturaleza, a pesar de haber aglutinado todos los poderes en su persona, apoyado por el clero incentivó las artes y el desarrollo intelectual y artístico.

Claro está, existe una marcada y brutal diferencia que no tiene comparación alguna entre el verdadero monarca europeo y Maduro, quien por su ignota formación e ignorancia ha desechado las artes en todas sus manifestaciones, las cuales tienden a desaparecer totalmente ante la reducción del presupuesto que maneja el Ministerio de la Cultura.

Ni que decir del teatro, cine y otros espectáculos culturales. Una palmaria demostración de lo que afirmamos es la cancelación de la gira internacional de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, dirigida por Gustavo Dudamel, por el solo hecho de que el joven músico emitiera una declaración fijando su posición en relación con los últimos acontecimientos ocurridos en nuestro país, que no gustó al inquilino de Miraflores, con preaviso de desalojo.

“El Estado soy yo” dirá íntimamente Maduro al ordenar a Jorge Rodríguez acudir a la sede del Consejo Nacional Electoral; para solicitar “medidas especiales contra los partidos que atenten contra el derecho al voto y solicitar al mismo tiempo la inhabilitación de las tarjetas de los partidos que no participen en los comicios municipales”.

Por si fuera poco, el TSJ subordinado a sus órdenes anuló la inmunidad parlamentaria del diputado Freddy Guevara, primer vicepresidente de la Asamblea Nacional, contra quien además emitió una orden de prohibición de salida del país y solicitó sea juzgado por un tribunal penal ordinario por estar acusado de asociación para delinquir e instigación pública.

“El Estado soy yo” pensará internamente Maduro al ordenar al Tribunal Supremo de Justicia despojar de sus atribuciones a la Asamblea Nacional –controlada por la oposición– convirtiendo de esta manera al régimen político mal llamado bolivariano en una dictadura formal.

Generando en consecuencia la ruptura del orden constitucional, como lo afirmó tajantemente la fiscal Luisa Ortega Díaz, otra de la víctimas del desafuero institucionalizado primero por el comandante galáctico fallecido Hugo Chávez, y ahora por su heredero.

Despojando de funciones a la Asamblea elimina el principio fundamental de la división de poderes. Peor aún; las decisiones del Tribunal Supremo de Justicia le otorgan a Maduro poderes que parecen encaminados no solo a concentrar toda la autoridad en torno a su persona, sino también para juzgar a miembros de la oposición como Freddy Guevara, vicepresidente de la AN hoy asilado en la Embajada de Chile, y a Julio Borges, para quien pide juicio por “delito de traición a la patria”, con pena de 30 años.

Faltaría espacio en el presente artículo para enumerar la cantidad de actos con señales evidentemente dictatoriales que Maduro, sin embarazo alguno, exhibe como trofeo de su autoritarismo, demostrando de esta manera que su voluntad es la suprema ley de la República.

Ello le ha dado pie para; con el pretexto de combatir la imaginaria “guerra económica”, generar una poderosa ofensiva para supuestamente combatirla con la Ley Habilitante y mantener el control estatal al estilo del arcaico cubano-soviético; que de esta forma reemplaza de manera creciente y terminante la actividad productiva del sector privado.

Sin embargo; pese al férreo control que el régimen mantiene contra la oposición, en sus cuarteles reina la más profunda crisis dado el incremento de la corrupción; narcotráfico y otros delitos que en los sanos cuadros castrenses observan con evidente preocupación.

Una de ellas es la “alarmante” carta del fiscal general militar; Edgar José Rojas Borges, dirigida al ministro de la Defensa, Vladimir Padrino López, en la cual afirma que “la anarquía y el alto índice de criminalidad que imperan en Venezuela también parece haber contagiado los cuarteles”.

En el documento, Rojas Borges expresó “gran preocupación” por “un desmedido incremento” en los casos de robos; deserciones y abusos de autoridad en la Fuerza Armada Nacional Bolivariana.

¿Hasta cuándo permitiremos que continúe imperando esta horrible pesadilla? Es necesario que recuperemos la capacidad reflexiva y crítica para rescatar nuestros derechos civiles; la libertad de prensa, la democracia; y detener la atosigante propaganda que agrede la imaginación, la razón y el pensamiento libre de los venezolanos.

Vía El Nacional

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