El despotismo jamás triunfará sobre la libertad | Armando Martini

(A Todo Momento) — El despotismo jamás triunfará sobre la libertad | Armando Martini Pietri

La libertad es la capacidad de la conciencia para pensar y obrar según propia voluntad de la persona. Facultad y también un derecho natural -es decir, intrínseco a la condición humana- para elegir de manera responsable su forma de actuar dentro de una sociedad, sólo con las limitaciones de las leyes libremente decididas. Incluso quienes estén sujetos a restricciones judiciales por delitos cometidos, pierden la libertad de desplazamiento, pero conservan plenamente las de pensamiento y opinión.

El despotismo fue una forma de gobierno que tenían las naciones -todas monárquicas (reyes, tiranos, faraones, emperadores) casi desde el inicio de los tiempos en la que las majestades tenían poder absoluto, salvo ligeras excepciones griegas más bien de corta duración. Es el Gobierno absoluto, no limitado por las leyes.

El despotismo jamás ha funcionado porque nunca ha sido justo ni equitativo sino necesariamente represor. Siempre expresión del dominio de unos pocos sobre la mayoría, y convenientemente lo aplicaron grupos privilegiados, que se justificaban hablando de necesidades extremas y hasta de esa distorsión político religiosa que fue siempre el llamado “derecho divino de los reyes”, y el menos justificable y más injusto de la sucesión automática de padres a hijos o a familiares muy cercanos.

Siempre minorías con riquezas y armas escogían -alguna que otra vez, no sin repugnancia masculina, una mujer, casi siempre como regentes mientras llegaba a la mayoría de edad el hijo heredero- que recibía todo el poder para resolver el problema de turno, aunque siempre fue poco lo que resolvieron, desde imperios colosales como el breve de Alejandro Magno, los divinizados como el egipcio de los faraones o el agresivo y muy completo romano.

Pero para resolver -y casi nunca lo lograba excepto por muy breves lapsos- abusaba, encarcelaba, ajusticiaba. Casi todos los grandes nombres que leemos, excepto filósofos y artistas, fueron déspotas, y la historia del ser humano ha sido una sucesión de derramamientos de sangre, cárceles injustas, torturas, silenciamiento.

Un ejemplo conocido fue Napoleón Bonaparte. Sin duda un gran general, hoy en Francia su monumental tumba es lugar de admiración. Ganó grandes batallas contra los más poderosos países de Europa, incluso promovió la redacción y aplicación de hitos del derecho como el famoso Código Napoleónico que todavía hoy estudian y aplican los sistemas judiciales de muchas naciones en el siglo XXI.

Pero sus triunfos, llenaron de cadáveres los campos de Europa, arruinó economías completas, fue derrotado y regresó porque su soberbia era superior a su humanismo y le faltaban cuerpos por sembrar. Busque usted su déspota preferido, y será más o menos la misma historia. Abuso, grandeza sobre esqueletos, monumentos sobre ruinas, armas y ferocidad para atemorizar a quienes no estaban de acuerdo y exigían libertad.

La libertad es exigida, el despotismo impuesto.

La libertad, espíritu natural del ser humano, genera héroes y mártires, pero su objetivo es la justicia, y respeto al pensamiento de cada ciudadano honrado. El despotismo, aprovechamiento limitado a un jefe, sus cortesanos y nobles aprovechadores como representantes autorizados por el déspota, genera cobardía, injusticia, desajuste social, cárceles, torturas, ruina.

Adolfo Hitler construyó una descomunal Alemania para convertir a Europa, a su propia Alemania y a él mismo, en tierra de nadie, muerte, ciudades y campos devastados. Stalin y Mao, levantaron grandes potencias argamasadas con dolor humano; más cerca en tiempo y distancia, el recuerdo fantasmal sostenido como pretexto de Fidel, a la piedra rasposa e inexpresiva que es Raúl Castro, general de ejércitos invasores, represores de pueblos, o también ¿por qué no? los recuerdos de uruguayos, chilenos y argentinos conducidos a las cárceles, torturas, asesinatos, exterminios en sus propios países por déspotas que se justificaron a sí mismos por arreglar las cosas.

Los despotismos y déspotas son similares, pero especialmente tienen algo en común. Nunca, jamás en toda la historia de la humanidad, hayan construido países monumentales o cementerios abonados con sangre, han podido derrotar al espíritu de libertad que hace humanos a los hombres y mujeres, militares, civiles, científicos y campesinos analfabetos.

Porque la libertad no es una condición creada ni un objetivo que se impone. La libertad es parte del alma de las personas, es la sangre y convicción de las almas. Los diez mandamientos que trajo Moisés de la montaña, no son reglas políticas despóticas, sino normas de conducta social.

Hasta las religiones e iglesias, que en sus orígenes fueron despotismos auto-justificados por presuntas órdenes de Dios, se han ido democratizando con el tiempo. Los votos de los sacerdotes de las diversas religiones, y en el catolicismo de los miembros de órdenes religiosas, como en los grupos militares, son decisiones personales voluntarias. El individuo, por propia voluntad, renuncia a libertades naturales y jura obediencia. No jura por obligación sino por propia decisión -lo cual hace repugnante y antinatural a la recluta militar, por ejemplo. Hoy en día renunciar después a esa renuncia voluntaria inicial, ya no es anatema, es sólo otra expresión de voluntad libre.

El despotismo hoy en día, en medio de un universo que ha reivindicado la libertad desde hace siglos, se disfraza de democracia, enmascara su control con justificaciones retóricas y siempre, no falla, con las armas en la mano, explotando las emociones y confianza de los ciudadanos.

Hasta que esa fe se resquebraja, desmorona y la libertad plena sale nuevamente a la luz. Es sólo cuestión de tiempo, porque el despotismo es tan antinatural como natural es la libertad.

@ArmandoMartini 

Escribe tu opinión