Editorial El Nacional | Sobre la caída del cabello

Lo que era no más mera conjetura encontró eco en la rumorología feisbuquiana y tuitera y cobró visos de certeza en boca de fuentes que, desde el frente interno del chavismo, siguen las sórdidas pugnas por el fondo de una olla a la que casi nada queda por raspar. Según esa quinta columna, Cabello ha perdido la poca influencia que tenía en la fuerza armada nacional bolivariana; y, en el seno de ésta, se dice, desechan sus opiniones por insensatas o contraproducentes.

Y es que pensar, por ejemplo, que el contencioso que mantiene con este periódico puede concluir con su confiscación revela, además de una crasa ignorancia del derecho, que nada tiene que decir para asegurar las posiciones que alcanzó sobre la base de una infame militancia basada en el descrédito sistemático del adversario, sin que mediasen argumentos inteligentes. Sus palabras no se las lleva el viento, pero ya no hacen daño al blanco de sus imprecaciones, sino a él, a su partido y a la dictadura.

Que ese teniente hecho capitán sin méritos, de verbo ramplón y guapetona arrogancia barriobajera, acuse a la oposición de la muerte de Neomar Lander es razón suficiente para contrariarlo. En primer término, porque su perverso señalamiento se basa en declaraciones de otro gran mentiroso, el titular del ministerio del interior, justicia y paz, Néstor Reverol, que jura y perjura que el joven Neomar fue víctima de la explosión de un mortero que manipulaba. Luego, porque esta versión oficial del hecho fue desmentida por testimonios gráficos, especialmente por un video registrado por el equipo de El Nacional Web, en los que puede verse que la víctima no tenía en su mano mortero alguno.

No. Cabello no goza de prestigio ni de buena reputación. Su credibilidad es nula y su fastidioso metichismo le hace un flaco favor a sus compinches. Su insistencia en mantener un alto perfil mediático, a través de un repulsivo programa de opinión que es un insulto a la decencia y una ofensa a la inteligencia, y sus declaraciones tan grotescas deberían ser temas de Aunque usted no lo crea o Nuestro insólito universo.

Su flaco poder de convicción requiere refuerzos. En el caso del asesinato del jovencísimo Neomar Lander, saltó de pepa asomada el inefable Winston Vallenilla con un trino vergonzante en el que, de entrada, justifica el asesinato llamando “guarimbero” al muchacho y plegándose a la tesis reveroliana. ¡Señores, recuerden que ustedes tienen las armas y deben responder por todos los muertos!

Cabello ha dicho que renuncia a su cargo ¿cuál? para postularse o mejor pustularse a la prostituyente. Salga o no salga electo en unos comicios que, de celebrarse, romperán récords históricos de abstención, este será uno de sus últimos actos como hombre público. Cifra sus esperanzas en el esperpento electoral que es motivo de masivo rechazo nacional. Pero, no, a Diosdado –porque no puede ser dado por  Dios, minusvaloramos la escritura del nombre– le espera el banquillo de los acusados o la fuga precipitada. Sí, al régimen se le cae el cabello y se va quedando calvo.

 

 

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