Editorial El Nacional | El general que no manda

Uno de los hechos más curiosos de estos tiempos se encuentra en los discursos del ministro de la Defensa. Es un oficial elocuente que no se enreda cuando se dirige al público. Sus argumentos no dejan de tener complicación, sazonados excesivamente de patriotismo belicoso y de referencias a un oficial eterno que no ha muerto y que dirige sus pasos desde un recóndito lugar, pero por lo menos se entienden. Además, causan raras impresiones porque no guardan relación con la vieja retórica del alto mando.

Estamos ante un rasgo fundamental de su forma de discursear. Hace lo contrario a lo que hacían los cabezas de cuarteles y soldadescas en tiempos de la democracia representativa: habla, en lugar de callar. Pocas veces los generales y almirantes de antes se paraban frente al micrófono para desembuchar sus vocablos, pero el general Padrino no pierde oportunidad. No se vuelve loquito cuando ve luces y cámaras en las cercanías, como le ocurría al comandante eterno, pero no les saca el cuerpo.

Puede ser el oficial más trasmitido y visto de la “revolución”, después de la siembra del ínclito líder. Y también el más acompañado, porque prefiere plantarse ante los medios con un elenco de individuos vestidos de verde oliva. Protagoniza un palabrerío colectivo si consideramos la comparsa ubicada a sus lados y a sus espaldas. No están allí de apuntadores, claro está, sino como soporte de la oratoria del jefe.

Pero, dentro de este inédito y retador estilo de comunicación castrense al que se ha aficionado el general Padrino, hay un aspecto que destaca desde la fundación de la república, especialmente cuando se dirige a las huestes de la GNB. No les habla con autoridad, sino con benevolencia. No los conmina, porque prefiere mimarlos. Les habla como padre benevolente, en una suerte de híbrido entre las parábolas del Evangelio y los consejos del Manual de Urbanidad. Si no llamara la atención por su uniforme y por sus condecoraciones, se podría confundir con un abuelito complaciente ante las travesuras de los nietos.

¿Insólito, verdad? El ordeno y mando es lo más habitual en los ruidos militares, porque de lo contrario languidecen los principios antiguos de la obediencia y la disciplina que se consideran como parte esencial en la carrera de las armas. Un par de ejemplos: Páez no les platicó a sus lanceros sobre la necesidad de darle una tunda a los realistas, ni les leyó un fragmento del catecismo antes de mandarlos a que volvieran caras; Crespo jamás hizo conferencias ante sus soldados para pedirles que no exageraran con el uso de sus afilados machetes, o para asegurar que los prefería mansos y contritos.

Cuando se dirige a los oficiales y a los troperos de la GNB, el general Padrino los exhorta, pero no los manda; los aconseja, pero no les ordena; les suplica, pero no los sacude; los saluda con gentileza, pero jamás los reprende. Estamos ante una curiosa manera de manejar a los subalternos, es decir, de no manejarlos, de dejarlos por la libre, como se deja a los niños bien portados que no causan problemas en el hogar.

El ministro de la Defensa no solo estrena una oratoria sorprendente, sino también  una forma de no mandar,  un vínculo con la buena de Dios, un estilo supremo de pasar agachado, que trastorna los anales castrenses y nos pone a pensar más de la cuenta.

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