Editorial El Nacional | King Kong, portero de la AN

La Asamblea Nacional nos entusiasma y enaltece con las decisiones que toma, fundamentales para la búsqueda de la paz social y de la dignidad ciudadana; pero, a la vez, cuando baja la cabeza ante irrespetos flagrantes e inadmisibles muestra una conducta bobalicona que no se compadece con el coraje que antes la ha distinguido.

Es preocupante este vaivén, debido a que nos lleva de una cima a un agujero, de una conducta susceptible de encomio a una asombrosa e inexplicable muestra de debilidad que no guarda relación con las experiencias que estamos experimentando como sociedad y que no admiten vacilaciones.

En anterior editorial habíamos hablado de la obligación que tenía la Asamblea de denunciar al gorila encargado de su custodia y de expulsarlo inmediatamente de su seno. Había ocurrido el asalto del pasado 5 de julio, con la complacencia y con la connivencia del susodicho primate, motivo suficiente para ordenar su salida; o, por lo menos, para solicitar una obligación de alejamiento físico como las que ordenan los tribunales para los maridos machotes que agreden a sus mujeres. También habíamos contemplado la escena del gorila vociferando frente al presidente del Parlamento y empujándolo después por la espalda. Motivos suficientes para arrojarlo del Capitolio y aun de penas más severas.

La situación, decíamos entonces, mostraba el apogeo de una querella institucional y de un avasallamiento del poder civil que requería, necesariamente y sin dejar que las horas pasaran, una reacción contundente de la representación nacional y de quien ocupa su presidencia. Hablábamos de una respuesta automática que no requería de mayores explicaciones, de una decisión de la civilización contra la barbarie que debía ejecutarse de inmediato. Planteábamos un asunto obvio, por lo tanto.

El pasado 11 de julio el gorila volvió por sus fueros, mostró otra vez los colmillos como si fuera el cabecilla de una jungla que le pertenece y sobre cuyos movimientos hace lo que le viene en gana. Prohibió la entrada de los periodistas que acudían a cubrir las labores del Capitolio y, por si fuera poco, ordenó a sus subalternos que pidieran identificación a muchos diputados que llegaban al trabajo para el cual fueron elegidos por el pueblo.

Ese alarde de prepotencia, ese chapeo vergonzante, así como nos pone ante una actitud ilegal y grosera, también nos coloca frente a la pusilanimidad de quienes han permitido el engorde de la incivilidad porque no han reaccionado de forma adecuada cuando fue menester.

La Asamblea Nacional se enfrenta al TSJ y apoya a la fiscal, convoca marchas masivas y se ubica en su vanguardia, acude a las cámaras y a los micrófonos para conminarnos a la desobediencia civil, viaja al extranjero para denunciar los horrores de la dictadura madurista, etcétera, pero no puede deshacerse de un gorila que la envilece cuando la convierte en irrisión colectiva.

Se vuelve temerosa y hasta indolente frente a una demostración de fuerza bruta (en lo físico y en la falta de cerebro del uniformado) que ocurre en su sede a la luz del día, y que tiene la obligación de desterrar sin ponerse a pensar más de la cuenta. La acción debe ser rápida: zoológico y jaula para ese King Kong de pacotilla.

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