¿De quién es este país? | Por Armando Martini Pietri

(A Todo Momento) — ¿De quién es este país? | Por Armando Martini Pietri @armandomartini

De todos y cada uno de los venezolanos, dirían orgullosas la Constitución y la ética democrática. Y la gente en la calle, vecinos, ciudadanos, quienes trabajan, los que pasan hambre y descubrieron en los desechos la posibilidad de llenar estómagos, ávidos de nutrientes que no encontrarán con salarios indignos y bonos insuficientes; quienes se enferman por falta de medicina imposibilitados de cancelar tratamientos. Los crédulos cándidos pero convenientes controlados por el engaño degradante de la limosna populista llamada carnet de la patria, y alegados beneficiarios de las misiones, que terminan en la desvergüenza inservible que nada resuelven.

¡Es nuestro!, piensan y gritan a gañote chavistas y maduristas –que ahora parece que no son lo mismo–, porque controlan a placer, y como ellos, con ese tonito tan caribeño, el castrismo cubano, puesto que jefes locales, venezolanos de cédula y castrocubanos de corazón, obedecen resignadas instrucciones sumisas.

¡Es nuestro –dicen en China– porque nos deben hasta la forma de caminar y no tienen cómo pagarnos, excepto con algo de petróleo! La deuda es gigante y nos van a amortizar la deuda sí o sí. Mío, dice Vladimir Putin, para molestar a los yanquis, porque nos adeudan y necesitan para que el imperialismo de Donald Trump sienta que le estamos latiendo en la cueva y no estamos solos.

Del primero que se atreva a recogerlo del piso, tal vez piensen los militares que siempre son, como se afirma, leales hasta que dejan de serlo y se alzan, siempre después de que alguien importante dé un paso primero adelante y tenga fuerza suficiente. Quizás sea el país de las fortunas robadas del Tesoro Nacional, creando una clase económica –bolichicos/boliburgueses– fuerte, poderosa, capaz de financiar y mimetizarse, tanto en oficialistas como opositores. Que, con honrosas excepciones, dirigentes opositores cayeron en la tentación de asociarse, interrelacionarse en negocios, recibir dinero mal habido, comprometiendo su independencia.

Solo cada venezolano cuyo cerebro y alma no hayan sido absorbidos por la vieja, aunque siempre emocionante para mentes de corto alcance, parlanchinería castrocomunista, piensa que este país es de todos. No inventamos la tragedia castrochavista, pero nos dejamos seducir y ella misma se encargó de demostrarnos con sus hierros oxidados lo nociva y perversa que era; Kalashnikovs de peculiar tableteo que unen a delincuentes y uniformados, arengas ya deshilachadas, la mentira corroe, aunque se vista de seda –monos y monas no tienen culpa–, con sus torpezas que distorsionan y encima cobran, nos equivocamos otra vez. Que en la cuarta pudieron ser desvergonzados, desunidos y habladores de pendejadas, pero los castromaduristas y predecesores chavistas son ampliamente peores.

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Este país es de cada uno de nosotros, la responsabilidad del desastre la sufrimos todos –menos los cleptómanos que se robaron y arruinaron generaciones–, y la obligación, la oportunidad de barrer la basura y comenzar de nuevo, es de venezolanos con principios éticos, valores morales, buenas costumbres ciudadanas. No importa si cada quien es cercano a los partidos y líderes opositores, buenos, mediocres y complacientes, o al sector confundido de la oposición, lo que cuenta es la decencia y honestidad individual, que estamos unidos ante un enemigo que es común a todos. Ojalá no sea demasiado tarde.

Es el socialismo que tiene caras diferentes: la nórdica, felices, ordenados y suicidas; la chilena endurecida, pragmatizada por terremotos, tiranías militares asesinas; la nicaragüense, indecente, grosera, represora; la argentina, corrupta, populista; y la versión que Chávez olió y Fidel distorsionó, que tiene a Venezuela padeciendo miseria, sufriendo penurias, atiborrada de carencias y represión uniformada.

El socialismo castrista nos ha desvalijado el país para someterlo. Destruyó con premeditación y alevosía la economía, ex profeso arruinó la industria petrolera, los servicios públicos están inservibles, las instituciones sin independencia y poco confiables, cuenta con nada o mínimo respaldo popular, fue abandonado internacionalmente y denunciado por violar derechos humanos.

Sin embargo, la inmensa mayoría no está dispuesta a renunciar a la venezolanidad y gentilicio, menos a dejarse imponer el castrismo. La fuerza institucional, internacional, ciudadana, popular, la ruta del coraje, y la verdadera unión nacional, no la del chantaje obligado sino del convencimiento, liberarán a Venezuela de la ignominia, de esta pesadilla que nos tocó vivir.

El Nacional

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