Cacerolas golpistas… Cacerolazo de la amargura

Por Elizabeth Camino

Nadie le dijo a Del valle, una humilde vecina del Barrio villa Rosa que esa noche del dos de septiembre la olla del sancocho dominguero se convertiría en una  poderosa arma, capaz de ser parte del armamento protagonista de un golpe de estado.

Las casitas donde decenas de margariteños residen sufren la mismas escasez y carencias que la gran mayoría de los venezolanos. Las bolsas clap llegan con retraso y cuando las consiguen tan solo contienen un aceite, un kilo de arroz y una pasta “malísima,” dicen los vecinos.

Por eso y cansados de pedir ayuda, de ir de organismo en organismo, de tanto engaño y manipulación, sin preparar nada la gente de ese sector margarieño al enterarse de la visita del presidente Maduro organizarón su lista de quejas y peticiones convencidos que el Presidente obrero les escucharía y resolvería cada una de sus peticiones con el grito de: “aprobado”…Pasaban las horas y el acceso al mandatario se ponía cada vez más difícil. Los anillos de seguridad impedian cualquier intento de llegar a Maduro.

Como es ya costumbre, las frecuentes reuniones del jefe de estado en cadena nacional son tan solo un excusa para insultar y largar su rabia contra el presidente de la Asamblea Nacional, hasta el punto de ofender, en horario infantil, con palabrotas a la madre del diputado. Mismo guion se repitió esa noche del dos de septiembre en la isla de Margarita. Fue entonces cuando se caldearon los ánimos y un pueblo en rebeldía mostró su hartazgo haciendo sonar con estridencia sus cacerolas.

La gritería y el ruido de las ollas entusiasmó al Presidente y su comitiva y deciden dar una vuelta por las calles ya con poca luz, el resto de esta historia es conocida por propios y ajenos. Las cacerolas de Villa rosa se convirtieron por obra y gracia de los funcionarios de inteligencia del régimen en armas utilizadas para fraguar un golpe de estado junto a otras supuestos planes “desestabilizadores” organizados por grupos opositores a quienes lograron “desmontar sus planes”. Toda esta puesta en escena del régimen chavista-madurista resultó un atropello más y una excusa para perseguir y reducir la militancia del partido Voluntad Popular.

Mientras los venezolanos seguimos padeciendo la terca e ineficaz gestíon de Maduro al frente de un gobierno empeñado en arruinar aun más al país, personalidades de la mayoría de las naciones del mundo manifiestan preocupación por la actitud del Presidente y el rumbo que ha dado a su gestión.

No hay voluntad para resolver los urgentes problemas; Maduro gobierna y maneja los dineros de la República para favorecer a unos pocos venezolanos, los mismos que aplauden y gritan las muchas tardes que son convocados para escuchar su rethaíla de improperios y ofensas a sus a adversarios.

La otra Venezuela, la que trabaja y se inventa una motivación de vida todos los días, lucha por sobrevivir a pesar de la grave crisis. Es la Venezuela que se empina por encima de las dificultades y se solidariza con el dolor y la necesidad del otro olvidando su propia situación.

Es así como en las barriadas más humildes y carentes de todo, el afecto llega y se organizan con lo poco que tienen para llevar un poco de alegría a cientos de hogares. Allí llegan las ollas solidarias. Vecinos que se agrupan para compartir lo poco que tienen o recurrir a la generosidad de aquellos que pueden aportar un poco más. Una forma de dar comida caliente a tantos niños y ancianos que muchas veces comen una sola vez al día.

Esto lo ignora Maduro y sus funcionarios. Es más importante para ellos regodearse en los aplausos obligados y adulantes y seguir de espaldas a la cruel realidad que viven los que no tienen acceso a la limosna gobiernera.

Al igual que las ollas solidarias, los integrantes de la red El Radar de los Barrios, en improvisados consultorios, en las zonas olvidadas cuentan con la disposición de un grupo de médicos que ofrecen sus servicios a las comunidades pobres de esas zonas.

Es la Venezuela que el gobierno ignora, esa otra la que se atrevió plantar cara a Maduro y su séquito. La que con valentía tocó sus cacerolas en señal de protesta por tanto engaño y corrupción. Es la Venezuela abandonada, estafada, la que no cree más en Barrio Adentro, en las miserables bolsas de comida que son repartidas de forma mezquina, en la herencia de Chávez y su legado de corrupción odio y mentiras.

Por eso, Presidente, el día uno de septiembre el pueblo de Caracas le dio la espalda a usted y a la infamia del golpe de estado. Usted perdió la calle, al pueblo y cada día se queda más solo. ¿Qué le convendría más Presidente, renunciar o aceptar ser revocado? Para su reflexión…

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