No permitas que la bota te pise por Luis Germán Cabrera Brazón

(REDACCIÓN ATM, Agencia de Noticias) 

Artículo de opinión.-

No permitas que la bota te pise/ Luis Germán Cabrera Brazón

Desde los tiempos inmemoriales se conoce que la fuerza que oprime a los pueblos tiene que ver y, acaso fundamentalmente, con la utilización de las armas de estilos y formas diferentes; aquel de las cavernas le caía a peñonazos al que se asomara para arrebatarle, además de su espacio, la comida. La angustia del hombre por zafarse de quienes han manifestado imponer supremacía por su condición de militar, es una inquietante que lo ha llevado a rebelarse e interponer razones de libertad para frenar esta bravuconada uniformada que donde llega dura poco, así sea violentando todos los principios, deberes y derechos que son normas que rigen la civilidad de los ciudadanos.

La historia recoge aconteceres universales del mundillo militar para nada bien en el desarrollo de las políticas públicas. Existe, como no, algunas que otras actuaciones que se inician dando a entender que es posible compartir tácticas con los actores civiles, pero llegado el momento de aplicar las estrategias, “yo mando, ordeno; tú obedeces” o “a la hora que yo quiero te detengo”. Por tanto, la civilidad vino primero pero la codicia blandió látigo militar como castigo o penitencia que habría que pagar… después hablamos si te quedas; lo que en pocas palabras dictamina la presencia de un gobierno de fuerza, dictadura, pues, que se puede catalogar en la célebre frase del tribuno José María Vargas: “El mundo es del hombre justo no de los valientes”.

Venezuela ha padecido sanguinarias dictaduras, los generales Juan Vicente Gómez y Marcos Evangelista Pérez Jiménez, serían los más recordados del siglo XX, siendo señaladas como cruentas y sanguinarias por el secuestro, la tortura, desapariciones forzosas, fusilamientos, corrupción, persecución, etc. cuando regentaban circunstancialmente el poder. Los militares tiene su mundo aparte y gozan de inmenso privilegios que no logran alcanzar los civiles, y se insignian el pectoral la heroicidad de una gesta que nunca tuvieron ya que desde hace más de 200 años las tropas no participan en una guerra, y más de 40 años que no tienen un enfrentamiento con “alzados” internos, llámese montoneras o guerrillas. Los chamos los llaman pura pinta.

Siempre fueron los militares una casta de valores que hubo de reconocerse por sus aportes en defensa de la Patria, preparados como han sido para esta misión que le asignaron responsabilidades en ciertas áreas de la vida nacional. Esto no le da a ningún procurante militar legitimidad de origen, aun cuando se disfrace con careta democrática, sería la más aberrante engañifa política de un ser para mirar por encima del hombro al hombre y sus circunstancias. Entonces trataron de solapar sus actuaciones por aquello de la “obediencia y respeto” a las leyes de la República, hasta que los jurungos constitucionalistas lograron insertar en la carta magna algunas prerrogativas para que estos entraran en la actividad política. Mi general, misión cumplida.

Llegó un sinrazón con sueño de gorila y fue colocando piezas estratégicas, acompañado de perros de la guerra, para armar el tablero que diera al traste con la usurpación de los poderes constituidos. Así se fue minando el Estado con la fuerza y no con la racionalidad como elemento universal de convivencia ciudadana requerida para poner las cosas en el lugar que le corresponde al accionar democrático. Visto los aires de un proceso cesanteado en revolución, socialismo, patriotero, bolivariano, usurpador, se posaron sobre la constitución nacional y sus derivantes ordenamientos jurídicos, fusilando las letras que jerarquiza la voluntad suprema del pueblo que priva para evitar se siga cometiendo abusos contra la libertad. La gallarda sociedad civil venezolana se resiste contra esta nueva arremetida de grupos militarizados que ocupan la administración pública y se dispone a contribuir para que esta medida de fuerza incivilizada no llegue a acabar con la democracia.

Aquí no hay ningún pueblo en armas, como vocea cada vez que le da la gana el que desgobierna el país, son muy pocos los pobres de mente y cuerpo que se calan una bayoneta sin filo, pilotean un avión de poca monta o timonean una corbeta sin rumbo. Aquí lo que hay, y abunda, es un pueblo arrecho, engañado, malnutrido y sufriendo su desdicha en interminables colas para adquirir alimentos y medicinas, que el próximo 6 de diciembre viene el desquite para sacudirse el trapo rojo que le lacera el alma para no permitir que la bota lo pise. Coge pues.
LUIS GERMÁN CABRERA BRAZÓN

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