Huir de Venezuela es un asunto de vida o muerte

(A Todo Momento) — El éxodo de venezolanos deja en evidencia lo fallido de un sistema que prometía bienestar y prosperidad para los ciudadanos no solo de ese país, sino de aquellos aliados que se beneficiaban económicamente de las relaciones bilaterales.

Por Víctor Molina / El País

Durante casi dos décadas, los ojos de innumerables movimientos sociales se posaron esperanzados sobre Venezuela, cuyas políticas y liderazgo parecían responder a las muchas necesidades desatendidas de las personas más pobres e históricamente discriminadas en América Latina. Medidas como la creación de ayudas para madres de escasos recursos, ambiciosos programas de alfabetización y la construcción de centros de salud fueron algunos ejemplos.

No todo fue perfecto. Grandes sectores de la población siguieron adoleciendo de protección, como las personas lesbianas, gais, bisexuales, trans e intersex, cuyos derechos nunca fueron reconocidos, a pesar de que la región, en líneas generales, avanzaba en esta materia. Pero la percepción mayoritaria, dentro y fuera de Venezuela, era que el país progresaba.

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Vivo con VIH desde 2009 y, desde el momento de mi diagnóstico pude comprobar que, a pesar de que la distribución de los medicamentos y los controles necesarios para mantenerme sano fallaban puntualmente, el sistema público de salud venezolano funcionaba a grandes rasgos. Mes a mes recibí la medicación específica, salvo pequeños retrasos, y pude acceder a los estudios necesarios más o menos con la frecuencia sugerida por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Sin embargo, estos últimos años he vivido en carne propia cómo los grandes avances conseguidos se han derrumbado con la fragilidad de un castillo de naipes. Los medicamentos desaparecieron, y no solo los míos: desde artículos esenciales para las personas con diabetes, como la insulina, hasta quimioterapias. No se consigue el tratamiento básico contra la hipertensión, ni antiepilépticos, ni un largo etcétera. En los laboratorios ya casi no quedan reactivos para un análisis rutinario y en los centros de atención primaria crece la maleza. En los hospitales, infectados de aguas negras y regueros de sangre, nunca hay camas disponibles.

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