Hiperinflación en buseta: Sacos y bolsas para los pasajes

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Foto: Jorge Castellanos.

(A Todo Momento) — Chóferes, colectores y fiscales en el terminal de San Cristobal ahora usan sacos, costales, morrales, bolsos escolares o bolsas negras para recoger pasajes del transporte público que viaja al interior del Táchira o a estados vecinos.  Reseñó La Nación.

Uno de esos cobradores recordó que en dos años una de las tarifas aumentó de 700 a 115.000 bolívares. El pasajero que antes le pagaba con siete billetes de 100, ahora debe entregarle 1.150 de las mismas piezas marrones. De ahí la necesidad de idear dónde almacenarlos.

Esta es una estampa propia de hiperinflación, interpreta el economista y asesor financiero Aldo Contreras. En otro tiempo, como en la Alemania de 1923, utilizaron carretillas para transportar los billetes a las tiendas, documentan autores como John Galbraith en su libro “El dinero” (1975).

Foto/Jorge Castellanos.

Raúl -nombre ficticio a petición de la fuente, por temor a la inseguridad- es chofer de una de las 60 líneas que operan en el terminal de La Concordia. De un lado de su asiento saca un costal, de esos que en el campo rellenan con frutas o verduras. Lo abre, lo sacude, da la voz de cobro a sus 24 pasajeros y empieza a recorrer los puestos.

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“Yo repagué la plata al 80%”, admite la primera. “Le salió bien: a mí me los cobraron al 100% por transferencia”, se anima a confesar otro señor. “Es que eso depende”, participa un tercer pasajero. “Si es billete de los viejos, me han cobrado al 100%. Pero si usted quiere de los nuevos, es al 200%”, explica al grupo. “Es que son unos abusadores”, opina.

Venezuela quizá sea un caso único donde el dinero en efectivo se ha convertido en una mercancía y, en consecuencia, ha adquirido un valor, apunta el economista Contreras, también profesor de posgrado en la Universidad Católica del Táchira. Mafias que se infiltran en la banca logran acceso a las piezas monetarias para luego negociarlas.

Una joven calculó “casi un mes” de colas frecuentes en la taquilla del banco hasta sumar los casi 200.000 bolívares del pasaje, a razón de 10.000 bolívares por retiro diario. Desde la ventana o el pasillo, cuatro usuarios más coincidieron en la “esclavitud” de ir al banco. Otro señor, más precavido, comentó que él viaja solo cuando también se ha asegurado el efectivo del retorno, “porque en los pueblos los cajeros automáticos ya están es de adorno”.

Los bancos experimentan ahora varios fenómenos: renuncias de cajeros, automáticos que llevan hasta tres meses sin efectivo para dispensar y agencias que lucían abarrotadas se aprecian solitarias porque a los clientes no les resultan atractivos retiros de 10.000 y hasta 5.000 bolívares, el equivalente a un pasaje urbano de ida y vuelta. Una excepción: la banca pública que permite hasta 30.000 bolívares. Allí las colas pueden llegar hasta las aceras.

“Yo ya no piso un banco. ¿Por 10 bolos, mientras las mafias se lo llevan para Cúcuta? Prefiero esperar a tener plata y repagar”, afirmó un hombre sentado en la última fila. Es otro de los 12 que aseguraron haber comprado el efectivo de su pasaje, de forma total o parcial. A otro hombre de esa última fila una amiga peluquera le cedió los billetes. Tres más -un comerciante, el hermano de un taxista y un agricultor- lo obtuvieron por sus ventas.

Todo el dinero en circulación en el país (la liquidez monetaria) asciende a aproximadamente 457 mil millones de bolívares. De esos, poco más de 11 mil millones están en efectivo, estima Contreras. Suponiendo que son 14 millones los venezolanos de la población económicamente activa que demandan este dinero, en una hipotética repartición le tocarían 740 mil bolívares a cada uno.

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El saco se va llenando, hasta la mitad, con más que eso. Raúl cuenta uno por uno los billetes del nuevo cono monetario, mientras que los verdes de 50 y los marrones de 100 entran en paquetes de 10.000 o de 20.000 que tantea brevemente con su mano. Le tomaría mucho tiempo certificar esas cantidades. “A veces la gente hace trampa y luego hay menos”. En promedio, entre 12.000 y 13.000 pasajeros salen a diario del terminal de San Cristóbal.

Al final, el billete marrón con el rostro de Bolívar domina al ojo por ciento sobre los demás en esa ensalada de billetes que resulta dentro del saco. Es el mismo cuya vigencia ha sido extendida 8 veces por el gobierno luego de haber anunciado el fin de su circulación.

En la buseta se ve una réplica a escala de algo que ocurre en el país y que puntualiza el economista Contreras: el 63% -en millones de piezas- de toda la masa monetaria en circulación son billetes de 50 y 100 bolívares. Apenas el 16% corresponde a la llamada nueva familia de billetes, hasta que el 4 de junio próximo entre en vigor una reconversión monetaria que borrará tres ceros a la moneda nacional.

Foto/Jorge Castellanos.

Solo dos pasajeros tuvieron tiempo de hacer e imprimir su transferencia -tiene que ser del mismo banco del chofer, condicionan- antes de abordar esa buseta, escogida para este reportaje de forma aleatoria. Aunque desde diciembre pasado la mayoría de las empresas de transporte del terminal de San Cristóbal se están abriendo progresivamente al pago en línea -esto lo confirman desde la administración-, el efectivo sigue siendo el patrón de pago dominante, amén de que casi 30% de la población venezolana no está bancarizada.

En las oficinas del terminal juran que nadie ha llegado a reclamar que no le hayan permitido viajar por la falta de efectivo. Al final, conductor y pasajero resuelven incluso pagos mixtos (con una parte en transferencia y otra en billetes), aunque no falte el usuario que se acerca ofreciendo, por ejemplo, un kilo de arroz a cambio de un puesto hasta Barinas.

En la mente del venezolano estaba asentado que con grandes volúmenes de efectivo se compraba mucho, pero ahora se ha entendido que se compra poco, diferencia el economista Contreras. “Si cada día se necesitan más piezas para poder comprar o pagar lo mismo, es porque el cono monetario ha quedado rezagado porque no se ha reconocido la hiperinflación”.

Los conductores también lo han entendido así: “Yo ya sé que una bolsa negra con billetes de los viejos son más o menos 500.000 bolívares. ¿Para qué alcanza eso?”, se cuestiona el mismo chofer al que le ofrecieron el trueque del kilo de arroz. “De hecho, un viaje completo no está alcanzando ni para comprar una correa de motor”, se lamenta. Otro, de una ruta distinta, cuenta que en una semana de trabajo ya no hace “ni para medio caucho”.

La revista The Economist publicó en febrero pasado la lista de los 57 casos de hiperinflación que se han presentado en el mundo entre 1795 y 2016. La que menos, duró 10 meses; la que más, cuatro años. En Venezuela, caso número 58, el fenómeno ya completa medio año. Según economistas, desde octubre de 2017 los precios suben más de 50% al mes. De acuerdo con el Gobierno, a la guerra económica se ha sumado un bloqueo financiero contra la nación. Entre unos y otros, el texto de The Economist analiza: “La inflación en Venezuela está comenzando a rivalizar con algunas de las debacles económicas más notorias de la historia”.

Por Daniel Pabón.

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