El Karma de los tíos por Antonio Urdaneta

Después de casi un año de la aprehensión de los Flores por la DEA, al fin un Poder Público venezolano se ocupa del asunto. Tuvo que ser la Asamblea Nacional, puesto que ni el Ministerio Público, ni el régimen ni mucho menos el Poder Judicial, han movido un dedo sobre tan aberrante caso. Ya la sociedad nacional, que estuvo a la espera de un pronunciamiento oficial por parte de dichos organismos, está convencida de que “el que calla, otorga”. Es lo menos que puede pensarse.

Pues bien, la Asamblea Nacional destapó la olla, por supuesto ya bastante podrida, de uno de los delitos más graves que alguien puede cometer en cualquier parte del mundo. El 22 de noviembre, el parlamento abrió sus deliberaciones con el desagradable juicio que en Norteamérica les siguen a los sobrinos de la pareja presidencial venezolana. Hubo vehementes intervenciones de los diputados de la oposición, con el propósito de activar la conciencia –si es que les queda algo– de la bancada oficialista, a objeto de que dicha bancada se sumara a la investigación pertinente.

El llamado de los diputados opositores a los legisladores de la pareja presidencial, resultó inútil. Por lo menos cuatro parlamentarios oficialistas intervinieron; pero lo hicieron únicamente para descalificar a quienes llevaron la brasa al hemiciclo, y para atribuirle al “imperio yanqui” la autoría de un posible montaje para hacerle daño a la “revolución”. La participación de esos diputados del régimen, dados sus antecedentes en el parlamento, colocó a la pareja presidencial en peores condiciones con respecto a la presunta culpabilidad de ésta en el negocio que explotaban, con absoluta libertad y evidentes facilidades, los hoy denominados narcosobrinos.

De parte de los representantes del pueblo, los parlamentarios de la oposición, los razonamientos sin ofensas ni descalificaciones fueron convincentes. Incluso, dados todos los servicios de inteligencia, tanto civiles como militares, con los que cuenta el Estado, prácticamente se llegó al convencimiento de que resultaba insólito que los tíos de los narcosobrinos desconocieran las andanzas de tan cercanos familiares. Un diputado, Julio Montoya, sentenció: “o son gafos, o son cómplices”.

Y esta afirmación tiene mucho de verdad: sería difícil creer hoy en la inocencia de la pareja presidencial. Pero hay algo más grave todavía: ser gafo o ser cómplice, en este caso específico, deja muy mal parado a cualquier gobernante. En un país democrático, con sus Poderes Públicos autónomos e independientes, por gafo o por cómplice, el funcionario sería echado del gobierno o tendría que renunciar. Es esto lo que le sale, de “anteojito”, a Nicolás Maduro.

@UrdanetaAguirre

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