Una Iglesia que cambia para acoger a los gays católicos

(A Todo Momento – El Nuevo Herald) – Lo anuncié y se cumplió, nada nuevo bajo el sol. Me refiero a mi columna publicada el viernes pasado: Los homosexuales y el cristianismo. La iracundia, el rechazo y la discriminación que despertaría lo que escribí en muchos católicos, sobre todo en parte de la jerarquía que margina y desprecia a los homosexuales.

Pero no olvidemos jamás que ella es solo parte de la Iglesia, representan más bien a la Institución. La Iglesia la formamos todos por el sacramento del bautismo.

Recibí emails a favor y en contra, y para mi satisfacción fueron más los que apoyaron y agradecieron mi defensa de la comunidad LGBT católica que los que me criticaron. Pero hubo una carta de un sacerdote jesuita que me hirió.

Está dirigida a despojar a una persona homosexual de su dignidad como persona. ¿Tan ciego y fanático es que no se dio cuenta que estaba insultando al Espíritu Santo que habita en cada uno de los que amamos a Dios, nos sabemos amados por él y vivimos en coherencia con nuestra fe?

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Este pobre hombre es un desgraciado –lo digo literalmente, falta de la gracia de Dios–, utilizó el argumento menos cristiano que conozco para condenar a los homosexuales.

“¡Cuánto lamento que hayas dejado de ser cristiana!”, me dice al inicio de su carta. Me preparé para lo que iba a leer. Pero superó mi imaginación: “Las relaciones entre machos o hembras son pecados contra naturam, apunta el jesuita.

“Decir que la sodomía no es pecado equivale a decir que si un hombre copula con una perra, cabra o burra no comete pecado. El segundo pecado contra la naturaleza se llama bestialidad”.

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