El mal de Dios

(Redacción A Todo Momento – Brian Segura) – Un día mi madre me dijo que mi trasero era sólo para defecar, yo no entendí a qué se refería sino mucho tiempo después. Recuerdo claramente (casi como un estigma) que me lo dijo con un tono de voz cándido, con una actitud de modosita que nunca terminó de cuadrarme del todo.

– ¿Por qué mamá?
–  Porque sí.

Crecí con este tipo de respuestas populistas en mi vida, y siempre me quedaba la duda del porqué de las cosas. Incluso cuando asumí que me gustaban los hombres seguía preguntándome por qué era tan difícil asumir que a la gente le gusta la gente. Eso no supuso mayor problema, hasta que conocí a Dios.

Eso ocurrió mucho tiempo después, cuando hice la primera comunión; no recuerdo qué año. En la primera clase de catecismo (o cate-sismo, porque todo se me sacudió por dentro) conocí a un compañero de clases, morenito, de mi tamaño, que no sé por qué razón me llamaba la atención y pasaba todas las clases viéndolo, detallándole todo cuanto pudiera grabar en la memoria.

– Recuerden que Lucifer –Dijo una vez el cura en clases – fue el ángel más bello que creó Dios. Y por su soberbia fue condenado al infierno.

Aquello nunca lo olvidé. Mientras miraba a mi compañero de clases, no podía dejar de pensar que era eso lo que me gustaba de él: su belleza. Me gustaba él y eso empezó a traerme conflictos, fue cuando entendí que la belleza iba a ser mi pasaporte al infierno. Hasta siento que tiene una grotesca lógica implícita en todo eso porque nunca olvido que lo más bello que creo Dios, fue al mismísimo Lucifer.

– Te vas de esta casa.

Eso me lo dijo mi madrina, un soldado de Dios, el día que me echó de una casa que no era de ella. De esa forma, tan categórica y cristiana, empezó mi peregrinación, en plena adolescencia, por este mundo cruel y sodomita que los religiosos creen que es el mundo gay. Bueno, a decir verdad, fue mi culpa, porque mi madre me había encontrado en plena faena con un noviecito de turno. Yo me arrepentí, lo juro; y quizá la cosa hubiese sido más fácil si mi abuela no hubiese muerto a los dos meses por culpa de un cáncer. Esa es otra historia, basta con saber que ella siempre supo lo que fui y fue la única cristiana que no dejó amarme jamás por eso. Una oveja negra del señor.

El hecho es que yo, en mi pubescente visión de la vida, tenía concebido el mal de una forma específica, que no era necesariamente con cuernos de macho cabrío y una capa roja exuberante. A veces el mal, el mal de los gays, es una alegoría bíblica porque viene envuelto en una belleza que te lleva inevitablemente al infierno de tus propios demonios. Quizá porque en este mundo lleno de afiches de Madonna, y varoncito con discos de Lady Gaga, bien señoritas ellos, los gays vivimos rodeados de burlas, de comentarios con sonrisitas socarronas y “chistesitos” de esos que hasta en la televisión hacen reír a más de uno a costa de nuestras propias depresiones. Por eso comencé a creer que el propio mal venía de este mundo, que no era necesariamente bello como Lucifer. Quizá yo lo que quiero, en el fondo, es descubrir que hay cosas más decentes y aceptables que esta realidad. Pero no. Ya sé que no es así.

Con Manuel la cosa fue más contundente.

Fue una lección certera y verídica. Brutalmente incuestionable. Él para mi es hermoso, y, como la belleza de Satanás, sólo abonó un camino de momentos vacíos y sonrisitas de cortesía para no tener que darle la cara a todo eso que sentí y que él nunca aceptó. Entonces se me atravesó la inmensidad de todo aquello y pensé en dejar la morbosa manía de andar recolectando un Lucifer cada cierto tiempo. Porque entendí entonces que hay gente que no quiere una persona para las buenas y malas, sólo buscan un cuerpo que exhibir y que les alimente el morbo en ropa interior. Y yo no, gracias, paso y gano con esas cosas. Ya llegará el momento de dejar los antojos satánicos y empezar a dejar que toda esa belleza del mundo gay pase desapercibida por mi vida. Mis entradas de 28 inviernos, mis ojos con córneas ajenas, mi lipa de la cervecita de la cantina, y mi mal carácter ya son bastantes demonios con qué lidiar como para andar pendiente de cada pendejo cuyas necesidades de vida sea sólo el drama y lo intrascendente. Con él entendí porqué Dios echó a Lucifer del cielo.

La belleza siempre trae consigo un cierto enviciamiento del alma, y una pequeña cuota de soberbia, porque vivimos en el mundo dónde Dios es un apático más de la estadística.

Capaz no he entendido esto como Dios lo hizo (pero no el Dios de los cristianos, no, otro de verdad) y tal vez por eso piense que quizá mi madre tenga razón después de todo, mi culo solo es para defecar, aunque en los últimos años ha servido para amortiguar patadas. Debería dedicarme más a escribir cosas más entendibles (más decentes que est0, obviamente) pero no sé, sólo quería decirlo. No entiendo el mal, no entiendo de la belleza, ni porque nos hace tanto mal si el mismo Dios la creó. Lo que sí sé es que mientras más ignorante sea de esas cosas, más tranquilo estaré.

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