Desahogo

No sé exactamente cuántos venezolanos vivimos en el exterior, lo único que sé es que todos sentimos lo mismo alguna vez. Todos sentimos lo que voy a escribir a continuación.

Tampoco sé qué estoy escribiendo. Sé que una crónica no es, un artículo de opinión tampoco, una carta no es. Lo llamé desahogo. Acostumbro a burlarme de muchas cosas y uso el texto para canalizar todo lo que pienso. Me encanta jugar con la ironía para criticar situaciones que no me parecen correctas y lo admito, le pongo gotas de ego a mis líneas constantemente. Me gusta hacer reír a la gente, me gusta hacerlos pensar. Me encanta que respondan, retuiteen y comenten. Creo que todo periodista ama esa interacción; pero hoy no escribe el periodista. Hoy escribe Samuel. El Samuel que siente muchas cosas buenas y malas por estar lejos de todo lo que quiere.

Podemos discutir las razones infinitas por las que nos vamos del país. Caernos a birras, llorar por nuestra mamá y hermanos. Por Venezuela. Por el hijo de puta de Maduro, por lo que queramos; pero el miedo más grande de un ser humano además de sentirse solo, es ser olvidado por las personas que ama.

“El tiempo de alejarme me lastima una vez más, abrázame un rato”. Así canta Abel Pintos, un artista argentino que me parece un maestro de la música. Cuando escuché esa línea se me arrugó el corazón. Se sintió igual a ese montón de momentos con los que te topas de vez en cuando, esos que te agarran fuera de base. Como cuando ves a mamá o a tu mejor amiga que está en Ecuador por Skype… no quieres cortar la llamada. No sabes cómo despedirte.

“Si cada despedida es una roca sobre el mar, en este corazón hay muchas piedras”, sigue la canción. Hay más momentos así, como cuando mamá te manda de sorpresa con un amigo una bolsota de artículos que sólo venden/vendían allá, o cuando te comes una arepa en un monoambiente junto a 13 venezolanos más. Cuando te reconocen por la tonada o cuando te dicen en un concurso de canto que eres de la misma tierra que Oscar D’ León.

Puedes encontrar trabajo en tu área. Puedes ganar dinero y vivir tranquilo. Puedes llegar a tu casa de madrugada sin que te pase nada, y no existirá nada que te devuelva los momentos compartidos con la gente que formó de ti lo que eres hoy.

No te sientes mal todos los días. No lloras todas las semanas. Al final conoces gente increíble. Te enamoras. Bailas. Tomas. Cantas. Ciertamente eres feliz, aunque sabes que el miedo de que la gente te olvide seguirá por siempre.

Cuando hablo de olvido, no lo digo literal. Digo que la dinámica con amigos, familia… con los tuyos, cambia. Sé que es normal pero no deja de ser lo más difícil.

Un amigo me dijo antes de venir: “Samuel, agárrate los pantalones”. Y yo decía que sabía a qué se refería, así lo creía. Pensaba que lo más difícil sería conseguir el trabajo o aprender a lavar la ropa blanca separada de la ropa de color. Cocinar por las noches o muy temprano en las mañanas. Al final entendí que se refería a esto, a extrañar.

Seis meses lejos de tu país. Seis meses y ya tienes una vida nueva que no está nada mal pero en la que te gustaría incluir a todos los que quieres. Tipo montar una pensión, traerlos a todos y no cobrarles alquiler.

Hace días leí en un artículo: “Los venezolanos en el exterior estamos condenados al éxito”. Hoy no me queda duda de la veracidad de esa oración. Sólo espero que el éxito venga acompañado de palabras como “depinga”, “chamo”, “chévere”, “marico” y “webón”; compartido siempre con las personas que más amas en el mundo, estén donde estén.

Texto: Samuel Morales Escuela

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