Editorial: Mercado entre tinieblas

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(Redacción A Todo Momento-Editorial) Horas antes del alba, una oscura muchedumbre se agolpa a las puertas de supermercados y cadenas de farmacia. La negra noche que aún no disipa da albergue a prácticas poco avenidas con la cívica convivencia: el aire fresco de la madrugada se carga de agazapada rabia y demorado desorden, escenografía siniestra muy apropiada a la conducta temeraria, antisocial y violenta. El silente tumulto deriva los susurros en voces cada vez más insolentes a medida que el día se aproxima: la hora de abrir los expendios de la magra provisión de alimento y remedio. La escena se sirve para la depredación mutua de ciudadanos iguales de un mismo país. Es el reino de los bachaqueros,  expertos de un modus operandi nacido de la carestía y la anomia, tolerado por los cuerpos de seguridad.

Leyenda urbana, rumor esparcido o acaso una “sensación” como insisten sardónicas las autoridades encargadas de velar por los derechos de la gente, el caso es que son más cada día los que se abstienen de hacer mercado, como solía, como era costumbre, normalidad. La mujer y el hombre de a pie optan por acudir al mercado negro, ese derivado de la oscura espera durante horas ante la santamaría que llegada la mañana proveerá “lo que haya”; un día es harina, otro aceite, pasta o arroz; dentífrico o jabón; o los ansiados pañales y la fórmula para lactantes, las toallas sanitarias de las mujeres.

“Nos sacaron de nuestros supermercados. Ya no podemos comprar en los comercios que nos eran habituales, a los que hemos acudido por años”,  declaraba por estos días una vecina de El Cafetal al diario El Nacional. Se refería a los llamados bachaqueros, que de simples intermediarios de un mercado sofocado por el gobierno, pasaron a ser los señores del comercio de productos básicos.

“No son vecinos de la zona ni gente humilde que viene a buscar comida. Portan armas de fuego o navajas y no le temen a la autoridad”, testimoniaba en la nota del citado diario, una clienta de uno de los supermercados sitiados por estos grupos que ya no tienen miramientos ante la presencia policial o la Guardia Nacional, cuyos funcionarios optan por la indiferencia si no es por la complicidad.

Los economistas insisten en que el mercado no es un invento del capitalismo; es una realidad inherente a los seres humanos organizados en sociedad; desde que el hombre se irguiera sobre sus extremidades inferiores hace muchos miles de años y se agrupara en mutas y tribus, dejara de ser un nómada que vivía de lo que la madre Natura proveyera sin trabajo, y se asentara para labrar y criar su sustento.

El mercado es incontenible como las aguas de torrentes y mares. Puede ser regulado mediante leyes y sanciones, pero si se lo intenta desaparecer, lejos de secarse, se colará por las orillas y ahí se hará miasma peligrosa.

Los bachaqueros, violentos o no, son el estertor de un mercado que hace tiempo puja por ser libre, libre mercado.

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